NAVEGANDO POR EL MISSISSIPPI

NAVEGANDO POR EL MISSISSIPPI

En un barco, de cuyo nombre no quiero acordarme, desde España cruzábamos el Atlántico dirigiéndonos a Baton Rouge, en Lousiana. Un montón de días monótonos y movidos. No había televisión y las radios solo sintonizaban con claridad emisoras con música árabe. La única distracción era jugar al ajedrez con mi amigo “el canario”, que siempre me ganaba. Poco a poco fui estudiando su forma de atacar y un día le gané. Seguramente le sentó bastante mal porque nunca más quiso volver a jugar conmigo.

Nos introdujimos en el río Mississippi, dejando atrás Nueva Orleans. Por el camino observé unas enormes barcazas que se dirigían al mar. Intrigado, le pregunté por ello al práctico y me dijo que transportaban alimentos “estratégicos” y que cuando caducaban de deshacían de ellos en el mar. Luego, estas mismas barcazas, se llenarían de alimentos y se estacionarían en lugares seguros. ¿Estratégicos para qué? ¿Para una guerra? ¿Para unas malas cosechas? No parecía mala idea del todo. Sin embargo, se trataba de alimentos todavía en buen estado que no servían para remediar el hambre de muchos que morían por no tener nada. Paradojas.

Atracamos en Baton Rouge en un puerto en la orilla derecha. Se trataba de un barrio pequeño con naves industriales, fábricas y alguna tienda de esas en las que encuentras cualquier cosa. La verdadera ciudad estaba en la orilla opuesta.

Al día siguiente mi amigo el canario y yo quisimos ir a cenar al otro lado y cogimos un pequeño transbordador que parecía sacado de un museo: una caldera y una máquina alternativa que empujaba unas enormes bielas “de madera” accionaban unas enormes ruedas de paletas laterales que la propulsaban. Esta maquinaria se hallaba en el centro y la rodeaba un banco corrido en forma de herradura donde nos sentamos. Todos los pasajeros eran de raza negra menos los dos “blanquitos” que éramos mi amigo y yo. Más de veinte pares de ojos nos miraban curiosos. Me sentí intimidado y me di cuenta de lo que ellos sentían cuando sucedía lo contrario. Paseamos por Baton Rouge, cenamos y de vuelta al barco.

Al día siguiente partiríamos a las diez y un poco antes fui comprar algo a la pequeña tienda. Al volver coincidí con el práctico que también se dirigía al barco. Una decena de metros antes de llegar me paró una señora en la que antes no había reparado y me dijo con su acento americano: ¿Está Antonio? Yo me quedé desconcertado porque no conocía a ningún Antonio. Y esta señora me abrazó, apoyó su cabeza en mi hombro, murmuró algo que no logré entender y me besó en los labios. El práctico había permanecido a nuestro lado sin inmutarse y entonces le pregunté con mi pobre inglés si la conocía. Él respondió que sí con su aceptable español, que se trataba de una mujer que había tenido un “good friend” español llamado Antonio y que al parecer no lo había olvidado todavía.

Los siguientes días con rumbo a España pensaba que yo, un joven de veintipocos años, había sido confundido, o no, por una mujer que podría haber sido mi madre pero que me besó como si besara a Antonio. ¿Cuál sería el estado mental de aquella mujer? ¿Obsesionada? ¿Desilusionada? Su mirada lo decía todo pero yo aún no he podido saber qué pasaba por su cabeza ni dónde estaba Antonio, el amor de su vida.